8 oct 2007

# 012


El desahucio de las palomas', “buena película”, que diría mi amigo Simón.
Repasando la secuencia de fotografías que documenta la demolición de la antigua factoría de Carcesa, observo gran cantidad de puntos oscuros que supongo manchas de polvo en el sensor de la cámara –todavía la tecnología sólo es pulcra en las entrañas de los sofisticados laboratorios–
Aumento la imagen para retocar dichas manchas y descubro que son cientos o miles, pero no se tratan de puntos sino de palomas que huyen asustadas por la explosión y la polvareda.
Nadie les avisó de lo que se les venía encima, de lo que se les desplomaba bajo el vuelo. Ningún juez entregó orden alguna. Nadie pensó en un hogar alternativo, paga o subvención que les aliviara del problema de quedarse en la calle, en pleno firmamento, sobrevolando los futuros lujosos adosados.
Y es que a las palomas de los sueños les cortan las alas desde bien jóvenes para que sólo los recuerdos adquieran sentido cuando se observen desde lo alto o en la lejanía, desde la distancia del tiempo imposible.
De entre tantas palomas, sólo una destaca en este ‘11-S’ doméstico y salvaje de destruir todo rastro de lo que fue, en favor de las nuevas formas de seguir haciendo lo mismo, de continuar con la costumbre inamovible de que sólo los pudientes o los míseros tengan la capacidad de conservar en pie las referencias que les advierten de su condición, de sus emociones almacenadas, unos para el disfrute y los demás para la desesperación.
En medio, la zona cero de la clase media que enriquece a los unos y mantiene la imposibilidad de los otros con su labor de hormigas silenciosas, de amodorradas cigarras sin canción aparente.
Por eso, las palomas están perdidas ante la descomunal polvareda de desconciertos que a diario se levanta en cualquier rincón desafortunado de la existencia. Por eso, esta solitaria paloma cruzará océanos y mares para depositar el mensaje que dejó olvidado alguien entre los escombros de la vieja factoría. Por eso, sólo por eso.

24 sept 2007

# 011


Trecenario de Santa Eulalia. Lunes día 17 de septiembre, 20,45 h. El templo de Santa Eulalia está rebosando de gente. Nada extraordinario, aparentemente, si no fuera porque el noventa y nueve por ciento de los asistentes son mujeres.
"La Iglesia Católica afirma que Dios queda fuera de los géneros masculino o femenino, porque no es un ser humano, sino divino. Si en muchas ocasiones se le ha representado como un hombre, se debe a las limitaciones del arte" (http://www.opusdei.es/art.php?p=10391) .
Ellas están fuera de toda norma, fuera de toda representación. Son los pilares sobre los que pivotan el entramado social que el homo sapiens ha desarrollado durante miles de años de existencia.
Pero ¿a qué acuden al templo las mujeres? Al lugar en el que un hombre, vestido con ricos ornamentos, proclama las virtudes de una —otra— mujer convertida en mártir y santa?
Las religiones están llenas de misterios y de ministros, de hombres que intermedian entre lo terrenal y lo celestial, como árbitros de un hipotético partido entre lo imaginado y lo real, entre lo sensible y lo tosco, entre cándidas vírgenes y matronas agobiadas por el peso de la dieta o los ronquidos cerveceros del pariente.
¿Las mujeres rezan en el templo con la misma necesidad que el hombre vocifera en el campo de fútbol insultos al árbitro?
¿Las mujeres baten el abanico contra su pecho al mismo compás que el marido ingiere cubatas domingueros?
¿Las mujeres se acicalan de la misma forma que su canijo luce chándal y carro en el lavadero automático?
Para el hombre el misterio de la eucaristía, el misterio de la resurrección, no son nada comparado con el misterio del mundo de la mujer.
Por eso la mujer acude al templo, a recrearse en el misterio; el hombre ya tiene el suyo en casa.
Y así, entre misterio y misterio, vamos procreando con la esperanza puesta en el cupón, las quinielas y la lotería ('joé' más misterios).

Toda una vida

Félix Bote ha muerto. Su presencia se ha diluido como el aire que escapaba de su trompeta, como la poesía que se deslizaba entre sus labios, acariciando con delicadeza el tiempo.
Mi suegro repite cada vez que los noticieros anuncian el fallecimiento de alguien "Dios nos libre del día de las alabanzas", del día en el que nos arrepentimos de no haber hecho nada porque esa vida que se rompe o que se acaba tuviera unos momentos de nuestra atención, de nuestro reconocimiento o cariño, y que tras dicho anuncio nos apresuramos en recomponer, porque los intereses, las veleidades no tienen sentido ya, no corremos el peligro de que alguien nos componga una canción, nos lance un poema o nos embadurne de color la cara.
Sobre el kiosko de la música del hotel Las lomas, en medio de las noches de verano, su presencia pasaba casi desapercibida, ensimismado, sin importarle otra cosa que la agilidad de sus dedos, la transparencia de su voz y la brisa de la noche. La sordina imponiendo con dulzura las emociones del artista hasta enamorar a las estrellas.
Mientras, fuera, en los jardines de todos los hoteles del mundo, la algarabía de los tragos, la pose de la hipocresía.
Recuerdo una multitudinaria cena de empresa en la que Chendy y Félix amenizaban la velada. Su música sobrevolaba dulcemente canapés, rodajas de morcón, langostinos, jamón, y el etcétera largo que todos imaginamos. Nadie prestaba atención. Pero a medida que la cena progresaba, a medida que los allí presentes dejaban de importarse unos a otros, la trompeta y la voz de Félix se fueron imponiendo desde la delicadeza, desde la verdad silenciosa, desde el eco de la emoción que todos aquellos bocazas habían perdido en medio de negocios, reuniones, bancos y burocracia. Y su música, su arte, se hicieron protagonistas absolutos hasta convertir a todos aquellos 'infieles' a una religión en la que Félix era el mejor de los sacerdotes, todo un cardenal.
Y es que Félix maduró al sol del arte y perteneció a la élite de los pioneros. A esa pandilla de descerebrados que se empeñan en desbrozar la inmunda selva que la monotonía de los días hace crecer permanentemente y en la que inmediatamente, una vez abierto el camino, aparecen los listos, los aprovechados de turno.
Pero a esa pandilla le importa un bledo que otros se enriquezcan a costa de su tozudez, buscarán otras selvas que desbrozar, porque abrir caminos es lo que realmente les importa.
Muchos, los auténticos, vuelven a su tierra, que es selva virgen, en lugar de dedicarse a difundir las maravillas de la misma desde los púlpitos dorados, desde el glamour de los salones de moda.
Vuelven a vivir su arte y a sembrarlo de forma discreta por cada rincón de la geografía extremeña, mezclándose con la autenticidad de la gente.
Vuelven deseosos de dar todo el capital intelectual y emocional que han acumulado por esos mundos, entregárselo a los suyos para abonar la sementera.
Pero los suyos ya están en otra cosa y pasan del punto. Están haciendo méritos para conseguir las medallas, todas las medallas de Extremadura que a diario bruñimos para deslumbrarnos el ombligo con su falso brillo.
Los pioneros sólo alcanzan la gloria de seguir solos, de abrir caminos para otros desde el olvido.
¿Como se puede tocar la trompeta, o cantar, desde y sobre el silencio y aguantar "toda una vida"?