19 jul. 2016

El festival de las pérdidas

Los caballeros, de Aristófanes, Teatro Griego del Arte de Atenas. Primer montaje de la XXX edicion del Festival de Mérida y primero de la etapa bajo la dirección de José Monleón. 1984
La noticia del fallecimiento de José Monleón ha provocado en mi una llamada a la reflexión que no esperaba. En el viaje de ida y vuelta hacia su despedida no he cesado de recordar las seis ediciones que trabajé junto a él en el Festival y todo lo que esa etapa supuso en mi vida posterior, profesional y personalmente. Una idea de pérdida se fijó en ese recorrido y se mantuvo latente hasta que comprendí que debía transcribirla para compartirla con todos aquellos que valoramos su maestría y la importancia de su paso por el Festival de Mérida.

Tanto incidir en los últimos tiempos en los resultados económicos del Festival de Mérida, en las pérdidas y ganancias, en la buena o mala gestión económica, en la cantidad de espectadores, etc. etc., nos lleva a un debate contable que nos hace olvidar las razones conceptuales del Festival de Mérida y de cómo su existencia se situó en el centro de las emociones de mucha gente comprometida con la cultura, con Extremadura y con la democracia.

Sin tratar de justificar ningún despropósito de la gestión económica, lo cierto es que dicho debate contable surgió de las partes que estaban interesadas en resaltar los aspectos tangibles de un proyecto que, como entendió siempre Jose Monleón y como reflejó en su libro Mérida: los camino de un encuentro popular con los clásicos grecolatinos, “el Festival no lo inventó un empresario, ni una agencia de turismo, ni un burócrata. Nació de un proyecto cultural y político, cuyas características marcaron sus comienzos y señalan, en las nuevas circunstancias del país y del mundo, el camino a seguir”.

¿Quién se atreve a exigir beneficios económicos al sistema público de salud? ¿o al de educación? ¿quién lo privatiza argumentando dicha falta de beneficios? Un proyecto cultural como el Festival de Mérida tiene que responder económicamente a las mismas premisas que el de sanidad o el de educación, porque su balance entra dentro de las cuentas del bien común, no en el de las cuentas bancarias.

Es el de Mérida un festival que no necesita adjetivos impostados porque es internacional de nacimiento, en su esencia laten emociones universales de ciudadanos de todo el mundo que reclaman libertad, justicia, igualdad, valores, derechos, deseos…, manifestándolos mediante el ejercicio del arte desde un escenario imperialista, contradictoriamente. Por ello, la presencia, en 1933, de la Xirgu ante 3000 espectadores en el graderío del Teatro Romano con la Medea de Séneca, traducida por Miguel de Unamuno, supuso un acto, no solo teatral, sino también una 'okupación' creativa en toda regla, breve en el tiempo y con humillante desahucio político y cultural.

Tuvieron que pasar 50 años de dicho desahucio para que José Monleón sentara, en 1984, las bases intelectuales del nuevo Festival, que actualizara las referencias democráticas y culturales de su nacimiento, que insuflara aires de activismo a la escena, que la impregnara de espíritu festivo y popular, enriqueciendo y fortaleciendo culturalmente la recién estrenada democracia.

He tenido la fortuna de trabajar casi 25 años en el Festival, primero como fotógrafo, mis últimos 8 años como responsable de la comunicación visual hasta su segunda 'externalización' en 2012. Hoy puedo decir, desde esa vivencia y convivencia con todas las direcciones del mismo, aciertos y fracasos incluidos, que me queda el regusto de pensar que hacíamos un festival que sentíamos, sobre todo, propio. Los que lo levantábamos edición tras edición, vivíamos una experiencia que nos enriquecía más allá del salario conseguido. Anteponíamos la satisfacción de realizar un trabajo con la responsabilidad añadida de las repercusiones social y cultural del mismo. 

El carácter de 'mediterraneidad' que le aportó Monleón impregnó edición tras edición a la mayoría de las programaciones. Cada dirección marcó su impronta, pero la etapa de Jorge Márquez fue decisiva en el camino hacia la consolidación de un equipo estable para convertir al Festival en un auténtico proyecto institucional, al mismo tiempo que hacía en su programación una importantísima apuesta por la internacionalización.



Márquez tenía claro que era fundamental conseguir una estabilidad: "De lo que se trataba, más que de hacer una buena programación, era fundar una infraestructura, una oficina de gestión totalmente pública para encarar una nueva etapa con vocación de permanencia. Una permanencia no en la figura del director, sino en el propio sistema." Lo que perseguía no era ni más ni menos que lo que son cualquiera de los centros dependientes del INAEM, una unidad de producción estable, con personal fijo, que en el caso de algunas de estas unidades están compuestas por más de una centena de trabajadores.

Durante 10 años, el reducido equipo estable que se consiguió formar (unas 6 personas de media), levantamos las correspondientes ediciones con total solvencia, como si de una estructura institucional se tratara. Produjimos y comunicamos un enorme patrimonio inmaterial, de altísimo retorno en lo promocional, con un coste laboral casi ridículo proporcionalmente, algo que raramente ocurre en cualquiera de las múltiples instituciones o empresas públicas, con muchísimo más coste de personal, material e inmobiliario.

Por eso no se entiende la decisión adoptada por el anterior gobierno autonómico del Partido Popular (menos aún que el actual la ratificara) de 'externalizarlo' y de desmantelar un equipo (a un coste importante y a expensa de la economía tan maltrecha que pretendían sanear) que había demostrado ampliamente su buen hacer, al margen de que las cuentas o la gestión económica fuera o no las más adecuadas, asunto de competencia exclusiva de la gerencia.

Y no se entiende tampoco, pensando en lo fácil que hubiera sido sustituir al anterior gerente y director por otros de su confianza para mantener la gestión pública del Festival. Nuestro equipo ya había trabajado con dos gerencias y cuatro directores anteriores. Las tareas y cometidos los teníamos más que controlados después de diez años de experiencia y no podían eludirse para justificar un ahorro, pues las mismas o más tenían que ser asumidas o contratadas de nuevo por la empresa adjudicataria, por lo que la decisión de desmantelar el equipo tenía otros intereses o intenciones.

La decisión resultó un desprecio injustificable a la trayectoria pasada y futura del Festival. Supuso tirar a la basura el empeño, el esfuerzo, el dinero, los desvelos… de mucha gente y de muchos años persiguiendo una fórmula que nos permitiera consolidar un Festival propio, generador de pensamiento crítico, modelo a seguir, a la vez que embajador cultural de Extremadura. Fue una vuelta atrás, un nuevo desahucio político y cultural.

Vuelvo a citar al siempre presente José Monleón y a su publicación sobre el Festival a la que ya me he referido: "La manipulación de la información y la mercantilización de la cultura son cosas antiguas. Quizás, sin embargo, posean hoy una especial gravedad; la primera, por el desarrollo de los 'medios de manipulación'; la segunda, porque ha sido aceptada como una ley del liberalismo. El éxito, en definitiva, se ha convertido en un primer valor, no sólo económico, sino también cultural y político, en el argumento que ordena las jerarquías de la realidad."

A esa urgencia del éxito como meta y al ruido que provoca, se ha sumado actualmente el sector hostelero así como las iniciativas que crecen en torno al patrimonio monumental y arqueológico de la ciudad (fenómeno en alza que toma como referencia precisamente el lado populista), y todos reclaman su parte del pastel. La situación está ahogando, lentamente pero con firmeza, la autoridad y la capacidad decisoria de los rectores del asunto, minando la lucidez de los asesores y desarmando a los políticos que no se atreven a cambiar el rumbo de los hechos ante el estallido popular y la imposible misión de generar ofertas más inteligentes y sostenibles.

Como reacción a todas estas circunstancias es necesaria una reflexión profunda sobre el Festival, sobre su pasado y sus expectativas, si aspiramos a un proyecto ambicioso y comprometido o simplemente nos contentamos con un proyecto empresarial en el que nuestro papel sea el de mero arrendador. Está claro que mis deseos pasan por el riesgo y por el esfuerzo propio para encontrar, prioritariamente, un esquema desde el que empezar a trabajar y conformar sosegadamente una alternativa fresca e ilusionante, dando participación en el diálogo a expertos locales, nacionales e internacionales y a las administraciones públicas necesarias. Proceso que debería concluir con la apuesta por generar los mecanismos oportunos para acoger proyectos de direcciones artísticas procedentes de cualquier ámbito o país.

Si pretendemos reflexionar sobre la base de un proyecto internacional ambicioso no podemos limitarnos a girar y girar con la noria de los intereses localistas, sectoriales, empresariales o personales; girando con esas anteojeras no vamos a ninguna parte. Hoy el mundo es muy pequeño y tenemos a la vuelta de la esquina a grandes expertos y profesionales que, estoy convencido, se encontrarán dispuestos a colaborar en el rescate de un Festival que ya debería ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, como reclamó en su día la Asociación de Amigos del Festival de Mérida, que presidió José Monleón, y a la que se impidió su existencia.