27 ago. 2007

La revista de feria y otras excusas

Esta semana estoy monotemático, me ha dado por comerme el tarro con el tema del espacio público. Y es que el oficio de mirar te obliga a ir pendiente de todo lo que te rodea y, evidentemente, dicho espacio ocupa un porcentaje muy elevado en mis observaciones.
Contemplando la revista de feria vuelvo a preguntarme por la lógica de la cosa pública y no me cuadra que el editor, el Ayuntamiento de la capital de Extremadura, de la ciudad con un conjunto monumental Patrimonio de la Humanidad, no tenga la capacidad económica y los recursos suficientes para hacer una publicación financiada con los fondos públicos en lugar de por publicidad.
Pero la repuesta está clara cuando descubres el mecanismo de las cosas. Y esta fórmula de hacer la revista, que inició el anterior Gobierno, está fundamentada en el puro negocio, totalmente lícito, de una editorial que es, según la propia empresa, “desde 1992 la compañía española líder en productos corporativos empresariales en España con unas ventas de 8 M €”, con “70 personas, 30 años de edad media, 15 años de experiencia en el mercado editorial, más de 12.000 clientes por todo el mundo y más de 400 cabeceras editadas anualmente”. Méritos que, contemplados desde el mundo de los negocios, representan un aval importante, pero que, analizados desde la perspectiva de la gestión pública, no tienen el mismo significado.
El Ayuntamiento facilita los contenidos literarios y gráficos, la empresa envía a un comercial que contrata la publicidad y el resto de la producción editorial la ejecutan desde León con sus medios. Como contrapartida, la publicación no le cuesta nada al Ayuntamiento, o sea, a los ciudadanos, pero a cambio nos entregan una edición que en lugar de ser un primor, acorde con los potenciales extraordinariamente ricos de los que dispone la ciudad, es una vulgar publicación repleta de ruido publicitario, que contamina todavía más nuestro ya deteriorado espacio visual.
La contrapartida, por tanto, no compensa, porque sencillamente nos entregan una excusa, un soporte editorial —cuya titularidad ostenta la ciudad de Mérida— convertido en un folleto publicitario del cual salen beneficiados, fundamentalmente: la empresa que lo produce y los anunciantes que lo pagan; contradictoriamente, los lectores, los ciudadanos propietarios de dicha edición, se convierten en materia de intercambio, en cobayas de la experiencia publicitaria, en ratones de laboratorio que se hacen su propio lavado de cerebro comercial.
Pero la revista no es el único caso: piense un poco y descubrirá que la estrategia de utilizar los espacios públicos para el beneficio privado, sin entregar una contrapartida proporcional al uso y al beneficio que se obtiene, es una cuestión muy habitual.
Recuerde la tremenda carpa que, con la excusa cultural de la exposición de turno, 'okupa' periódicamente casi toda la Plaza de España, el mejor y más caro espacio publicitario de la ciudad: ¿A cambio de qué?
Comienza la temporada deportiva y las diversas instalaciones de titularidad municipal se llenan de carteles publicitarios que producen unos ingresos que, mucho me temo, no repercuten en las arcas municipales ni en el mantenimiento de dichos espacios públicos.
¿Es lógico que se mantengan las cabinas de teléfonos plantadas en los sitios más estratégicos en un mundo abarrotado de móviles? ¿No será que lo que realmente resulta rentable es el espacio publicitario que suponen dichos artilugios? ¿Qué recibimos a cambio?
Desde el nacimiento de los carteles impresos, la calle y sus paredes son espacios visuales que hemos asumido como soportes pubicitarios y que desde hace algún tiempo hemos empezado a rechazar por antiestéticos. Sin embargo, la publicidad ha evolucionado y se ha colado por todos los recovecos imaginables de lo cotidiano; uno de ellos, y muy importante, el del uso de los espacios de titularidad pública.
El último invento son las bicicletas de alquiler que una multinacional está implantando en ciudades del mundo con carril bici, con el objeto de convertirlas, y convertir de paso a los usuarios, en anuncios rodantes, que además tienen que pagar por el uso de las mismas, a pesar de que sus estaciones bases 'okupan' una importante superficie pública, de la que no sé todavía en qué forma compensan a la ciudad. Me temo lo peor. En Sevilla, hace ya unos meses que están funcionando: serán 2.500 bicicletas y 250 estaciones base.
Hacer entender que lo público puede ser una fuente de ingresos para unos pocos puede facilitar el crear conciencia de que lo público tiene un valor que es importante cuidar y conservar, que la ciudad nos pertenece a todos. Casi 'na'.

20 ago. 2007

El teatro del Festival de Teatro


El eje central de mi opinión teatral se basa fundamentalmente —no conozco ningún otro festival de teatro del mundo— en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, del que soy fotógrafo desde hace casi 24 años, por lo que puede estar sesgada o deformada respecto al extenso mundo que conforma el arte de la escena.
Podría considerarme un inculto teatral de no entender que la cultura no tiene nada que ver con la ilustración y sí mucho con la emoción. Que la emoción se relaciona directamente con la sensibilidad y que quizás de esto si tenga algunas dosis mínimas como para discernir entre lo bueno y lo mediocre.
Desde estas premisas he de reconocer que después de haber visto de todo en estas veintitrés ediciones, muy pocos espectáculos han conseguido hacerme vibrar. Uno puede entrar en la discusión sobre las tendencias, estilos, aciertos o errores de los diversos programadores que han construido la historia del Festival de Mérida, pero lo que realmente cuenta para el espectador es ese regustillo con el que uno se deleita una vez terminada la función.
Y esto nos lleva a una discusión todavía mucho más inútil e imposible: el gusto y el regusto de "cacual", que ya se sabe, sobre gustos…
Por eso hemos de retroceder a los orígenes, hemos de iniciar el análisis por la discusión del qué. Preguntarnos por el tipo de Festival que deseamos hacer, después de haber adquirido ya el bagaje suficiente, las experiencias necesarias, y reflexionar para tomar una decisión que nos haga caminar, de una vez por todas, por el rigor y la seriedad de una propuesta que al menos tenga un objetivo claro.
Este objetivo será para unos llenar el Teatro en cada función, para otros: apostar por el clasicismo inamovible, adentrarse en la experimentación, mezclar todas las artes escénicas, etc.
Lo que para mí queda claro es que hemos de construir un Festival con personalidad propia, que nos diferencie de manera precisa del resto de festivales del mundo y que se convierta en un referente europeo de la cultura y que sea centro de interés de todas las personas que entiendan el teatro como un fenómeno cultural para el desarrollo de la sensibilidad y la emoción de los pueblos, frente al discurso sustanciado en el consumo cultural puro y duro.
Por ello creo necesario elaborar un proyecto sólido en el que se posibilite:
1. La libertad de programación expresada en que la única preocupación de su director sea la de seleccionar lo mejor sin tener que preocuparse por los resultados económicos. Una libertad que le obligue, en contrapartida, a mantenerse en un viaje permanente por el mundo buscando, provocando o inventando una realidad teatral para descubrirla a la sensibilidad universal desde Mérida, desde Extremadura.
2. Abandonar la permanente obsesión por cubrir gastos y aceptar, como en muchos otros casos de la administración regional, que las pérdidas son sustanciales al proyecto, que el valor del objetivo perseguido es muy superior al gasto ocasionado y que, en cualquier caso, es una inversión al largo plazo de la cultura y a la promoción de Extremadura a través de ella.
3. Programar con la perspectiva temporal suficiente —dos, cuatro años— para poder afrontar proyectos y producciones que son inviables en el plazo corto, plazo que posibilita a la vez el margen necesario para las negociaciones económicas con las productoras, que hechas con improvisación y premura elevan los presupuestos a cantidades desorbitadas en muchos casos.
4. Enriquecer y desarrollar una estructura, organizativa y ejecutiva, estable que sea la encargada de mantener en marcha —al margen de las fluctuacinoes lógicas en la dirección de programación— la maquinaria necesaria para el funcionamiento del Festival y que la única preocupación del director de programación sea esa, la de programar.
5. Dotar al Festival de un cuerpo físico, de un edificio propio, exclusivo, funcional y moderno (actualmente tenemos una gran oportunidad para ubicarlo en la zona del llamado Museo Abierto o en la del Hernán Cortés muy próxima al Teatro Romano) y dotarlo además de un Centro de Interpretación y Documentación, desde el que mostrar durante todo el año a los visitantes cómo es y cómo funciona el Festival de Teatro que se desarrolla en un enclave Patrimonio de la Humanidad.
En definitiva se trata de apostar fuerte por un Festival capaz de arrancarse su propia máscara y de recuperar para la escena lo que otras instancias, lo que otros intereses 'okupan' con frecuencia.

6 ago. 2007

# 009


Yo me decepciono, tu te decepcionas, él se decepciona, nosotros nos decepcionamos, vosotros os decepcionáis, ellos se decepcionan.
Tiempos del verbo, ni pasado ni presente, ni futuro ni pretérito pluscuamperfecto: son tiempos eternos. Una constante matemática fraccionada que suma y suma para dar forma a un ser polimorfo (propiedad de los elementos y sus compuestos, que pueden cambiar de forma sin variar su naturaleza) que denominamos adulto.
¿Es el adulto un animal decepcionado, o es el animal un adulto decepcionado?
Decepciones amorosas, decepciones profesionales, decepciones amistosas, decepciones caprichosas, decepciones quejumbrosas, decepciones empalagosas.
Por eso me miro los pies —otros se miran el ombligo— para rebajar este estado emocional en el que ser adulto ya no significa nada, que por mucho empeño puesto una sola decepción arruina todo esfuerzo, apaga el eco de la nana tierna y el fuego que sigue aquí abajo y que se empeñan en apagar.
091, 092, 112, ¿dónde el número para socorrer decepciones?
Ser adulto es un fingimiento gratuito, inútil, ridículo, porque tanto tu como yo sabemos de qué pie cojeamos tan sólo con mirarnos a la cara. Quizás lo único cierto, el espejo del alma.
Que este oficio de mirar sin decir palabras te cualifica sobradamente, cuando la licenciatura ha venido por obra y gracia de la BBC agropecuaria.