22 oct. 2007

# 014


El alcalde, Ángel Calle, no pudo resistirse ante la insultante presencia de una inocente bolsa de gusanitos que interrumpía la mirada en medio de una sala de exposiciones impoluta, y ante a una comitiva que desvió la atención hacia otros asuntos.
No había prensa alguna en esos momentos, así que el acto le salió de sus adentros y, a pesar de ir acompañado de relevantes cargos políticos estatales y autonómicos, no le tembló el pulso en agacharse y recorrer la distancia que separa la mirada del suelo.
Este "joven profesor" que tenemos por alcalde es un "viejo zorro" –en el mejor de los sentidos— de la política, y su larga espera hasta conseguir la Alcaldía supongo que le habrá servido para desarrollar un estilo de gobernar que encaje con su personalidad, que trascienda el constante mimetismo con el que afrontan los administradores la forma de hacer las cosas, reflejarse en lo ya hecho, reproducir una política en serie, distanciando cada vez más los rasgos distintivos de los pueblos para convertir lo diferencial en global, en anodino.
Su decisiva apuesta por la mujer en las tareas de gobierno no parece consecuencia de asuntos de paridad y puede que sea una señal de esa esperanza de singularidad. Por número y por peso específico de las tareas encomendadas, la superioridad femenina es muy significativa.
Y esto me gusta: un alcalde, un hombre, que apuesta tan claramente por el buen hacer femenino, tiene que ser alguien inteligente y con una visión personal de la realidad.
Casi en silencio, el tesón, la fuerza y la sensibilidad de las mujeres han mantenido en pie a los pueblos, especialmente en los tiempos de crisis. Situadas al frente o en la retaguardia, ellas, las reinas de este hormiguero, han marcado siempre el compás con el que los engreídos zánganos desfilan ante su mirada.
Y este alcalde —licenciado en Historia— lo sabe, sabe que la historia es y será eternamente femenina.

15 oct. 2007

# 013


El alba, contemplada desde una habitación de hospital, desde cualquier hospital del mundo, sabe a vida nueva, a esperanza, después de una interminable noche de vigilia e incomodidades junto al familiar enfermo.
El alba nos devuelve al mundo y este se nos antoja espléndido, generoso, hasta hermoso.
Pero al alba le siguen las horas y las luces duras del mediodía, las horas de las chicharras, la lentitud de la tarde que poco a poco anuncia la llegada del crepúsculo. Y de nuevo la noche que vuelve para llenar de negro la espera, la reflexión, el sarcasmo de las habas que se cuecen en todas las familias, a fuego lento, con la parsimonia del rencor acumulado, amenazante, intransigente e interesado.
Y en el útero negro de la espera del nuevo alba te preguntas mil veces por el sentido de las cosas, por la verdad de lo que parece fraterno y sólo es ficción interminable, cínica personalización esperpéntica de un cariño sin estreno.
Desde los medios de este ruedo, negro e inmenso, citas al toro de los sentimientos para que ahonde con sus pitones en las heridas que dejaste al descubierto.
El alba vuelve a limpiar el sudor espeso, las lágrimas cristalizadas que la noche dejó caer sobre los silencios en los que se envuelve la compañía del familiar enfermo, de la viejita, que desea un rincón de cariño y tranquilidad, alguien que le sujete el amor de su mano abierta y le haga agradable la última espera. Pero la ingratitud se apodera de las respuestas, el egoísmo apaga todas las luces del alba y convierten dicha espera en un infierno lento.
Así las cosas, uno tiene que cerrar los ojos, abrir el corazón, agarrarse fuerte las entrañas y apostar por el amor para poder dormir la espera sin pesadillas de egoismos ciegos e inútiles, sin el remordimiento de los besos que nunca distes a tiempo.

8 oct. 2007

# 012


El desahucio de las palomas', “buena película”, que diría mi amigo Simón.
Repasando la secuencia de fotografías que documenta la demolición de la antigua factoría de Carcesa, observo gran cantidad de puntos oscuros que supongo manchas de polvo en el sensor de la cámara –todavía la tecnología sólo es pulcra en las entrañas de los sofisticados laboratorios–
Aumento la imagen para retocar dichas manchas y descubro que son cientos o miles, pero no se tratan de puntos sino de palomas que huyen asustadas por la explosión y la polvareda.
Nadie les avisó de lo que se les venía encima, de lo que se les desplomaba bajo el vuelo. Ningún juez entregó orden alguna. Nadie pensó en un hogar alternativo, paga o subvención que les aliviara del problema de quedarse en la calle, en pleno firmamento, sobrevolando los futuros lujosos adosados.
Y es que a las palomas de los sueños les cortan las alas desde bien jóvenes para que sólo los recuerdos adquieran sentido cuando se observen desde lo alto o en la lejanía, desde la distancia del tiempo imposible.
De entre tantas palomas, sólo una destaca en este ‘11-S’ doméstico y salvaje de destruir todo rastro de lo que fue, en favor de las nuevas formas de seguir haciendo lo mismo, de continuar con la costumbre inamovible de que sólo los pudientes o los míseros tengan la capacidad de conservar en pie las referencias que les advierten de su condición, de sus emociones almacenadas, unos para el disfrute y los demás para la desesperación.
En medio, la zona cero de la clase media que enriquece a los unos y mantiene la imposibilidad de los otros con su labor de hormigas silenciosas, de amodorradas cigarras sin canción aparente.
Por eso, las palomas están perdidas ante la descomunal polvareda de desconciertos que a diario se levanta en cualquier rincón desafortunado de la existencia. Por eso, esta solitaria paloma cruzará océanos y mares para depositar el mensaje que dejó olvidado alguien entre los escombros de la vieja factoría. Por eso, sólo por eso.