2 jun. 2008

# 018


Pasaron las graduaciones del curso 20007-2008. Ya saben, otra moda que se nos cuela entre las piernas. Yo estuve en la de mi hija menor, con lo que a estas alturas me he tragado cuatro graduaciones, dos de eso y dos de bachiller.
El protocolo y los escenarios varían muy poco, casi nada, cada año, en cada centro. En éste —mientras los jóvenes se fustigaban con el látigo de los recuerdos de las horas, los viajes y las fiestas vividas, en forma de audiovisual — descubrí que lo que en esos momentos sucedía era —o podría ser— una clara referencia del nivel de desarrollo alcanzado por nuestra comunidad, en los 25 años recientes, respecto al resto de las autonomías, de Europa y del mundo.
¿Pretenciosa apreciación?, probablemente, pero sucede a veces que grandes descubrimientos nacen de observaciones que parecen intrascendentes, nimias a los ojos de cualquiera.
En resumidas cuentas, a pesar del liderazgo en el número de ordenadores por aula, a pesar del Linex, la realización audiovisual de la ceremonia de graduación se limitó a emular la cadencia de un pase de diapositivas convencional con unas gotas de musiquita. Nuestros hijos recién graduados, los hijos del desarrollismo autonómico, sencillamente han cambiado el rudimentario proyector de diapositivas que sus padres emplearon, por el digital.
Me gustaría asistir —si las celebran— a esta misma ceremonia en un centro de enseñanza catalán. Estoy seguro que en las promociones recién graduadas habrá un alto índice de jóvenes que —con 17 añitos— tienen la preparación suficiente para realizar dicho audiovisual de manera casi profesional, empleando un variado repertorio de software y hardware y con una creatividad destacada.
En estos tiempos las claves del desarrollo cultural y social, el alfabetismo, pasan por el grado de evolución de la cultura audiovisual de los ciudadanos. La lectura y la escritura eran las referencias que antiguamente empleaban los gobiernos, y de las cifras resultantes huían como de la peste.
Ahora los gobernantes desconocen la vara de medir, ahora el poder radica en la capacidad para estimular al consumo y los bajos instintos de la audiencia mediática. Las grandes corporaciones audiovisuales están imponiendo, de manera global, un feroz analfabetismo.
Cuando los políticos decidan quitarse —quizás demasiado tarde— la máscara impuesta por el mercado y midan el progreso por los valores que realmente lo definen, se encontrarán con que el analfabetismo ha alcanzado cotas descomunales en todo el viejo planeta.
La necesaria alfabetización audiovisual no es poner canales de televisión por todas partes, significa lo que siempre ha significado, facilitar a la gente el camino para alcanzar un pensamiento crítico, cambiar —sencillamente— la posición de los bancos del parque para dialogar mirándonos a los ojos y hablándonos de frente.