9 jul. 2007

# 008


Se llama Emma y lo supe por casualidad, pero no era necesario. No necesitaba ningún dato para comprender a esta mujer que sobre el escenario, con su violín, con su grupo Beltayne, en el Jazz Bar, transmite sin apenas esfuerzo, con la mayor naturalidad, todo lo que almacena en sus adentros, que debe ser mucho y muy interesante. Que el violín sea el instrumento podría ser una anecdota; su riqueza estaba presidida por una madurez impregnada de arte.
Viéndola y escuchándola me preguntaba las causas por las que la sociedad actual está presidida por tanto énfasis juvenil empalagoso.
Los designios económicos mundiales, la tan repetida globalización, carece de perspectiva temporal; pasado, presente y futuro son la misma cosa, son ellos y sus intereses económicos, y es evidente que desterrar de la faz del globo el conocimiento, la sabiduría y la resistencia de la experiencia, son sus principales objetivos.
Cuando los intereses eran las conquistas ideológicas -la política‑, promovían la rebelión en las aulas, ahora que capitales y mercancías transitan de norte a sur, de oriente a ocidente, quieren jóvenes atolondrados, enfermos de bienestar, adultos empeñados hasta los ojos y ancianos enfermos de soledad, consumidores anónimos en definitiva que se alimentan de su propia ignorancia.
Enma abandonó su tierra, Inglaterra, para venir a vivir a una aldea de Cáceres a recuperar, posiblemente, una paz hipotecada en vivencias que conducen a nada.
Enma ha venido a dejar entre nosotros todo lo mejor de su experiencia, todo lo que la madurez acumula y que interesa tan poco a las grandes corporaciones, a los nuevos gobiernos.
Gracias, Emma.