14 jul. 2008

# 020


Cuando el promotor de este periódico nos convocó, para ofrecernos su puesta en marcha a Alfredo —un periodista recién licenciado— y a este maduro malabarista que les escribe, aceptamos el reto instantáneamente sin hablar siquiera de cuanto dinero íbamos a cobrar o cuantas horas íbamos a trabajar.
Para mi era un viejo sueño acariciado desde siempre y entregué todo el esfuerzo, saqué tiempo debajo de la almohada y puse a su disposición toda mi tecnología y creatividad.
Como un adolescente con iPhone recién estrenado, me puse a la tarea de elaborar un diseño sencillo y elegante en el que resaltara fundamentalmente la información, los contenidos y —evidentemente— la fotografía, mi auténtica pasión, a la que también dediqué gran parte de tiempo robándoselo a otros trabajos, a la familia y a mi persona.
El proyecto sigue adelante, pero mi trabajo en el mismo ha dejado de tener valor. La maquinaria está en marcha, engrasada, y todo seguirá funcionando con perfecta monotonía.
Yo quería hacer un periódico desde la gente, un periódico con una visión humana y cercana a los ciudadanos, desde la generosidad y la inteligencia.
Pero esa perspectiva no tiene valor en los tiempos que corren, tiempos de periodistas parapetados detrás del teléfono, encerrados en los despachos, tiempos de hartazgo político, de intereses económicos sobrevalorados. Este tiempo no es el mío.
Hay mucha gente, mucha barriada en esta ciudad con la importancia necesaria, con vidas que son un hervidero, con asuntos muy importantes —nada hay más importante que los asuntos propios—, el mundo entero está en ellos con todos los titulares puestos.
Seguiré buscando, seguiré soñando y luchando, porque hay mucha mirada torva, mucha comodidad y egoísmo, codicia desbordada, malas artes por un tubo y mucho recién llegado… que el que nace lechón muere cochino.