20 ago. 2007

El teatro del Festival de Teatro


El eje central de mi opinión teatral se basa fundamentalmente —no conozco ningún otro festival de teatro del mundo— en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, del que soy fotógrafo desde hace casi 24 años, por lo que puede estar sesgada o deformada respecto al extenso mundo que conforma el arte de la escena.
Podría considerarme un inculto teatral de no entender que la cultura no tiene nada que ver con la ilustración y sí mucho con la emoción. Que la emoción se relaciona directamente con la sensibilidad y que quizás de esto si tenga algunas dosis mínimas como para discernir entre lo bueno y lo mediocre.
Desde estas premisas he de reconocer que después de haber visto de todo en estas veintitrés ediciones, muy pocos espectáculos han conseguido hacerme vibrar. Uno puede entrar en la discusión sobre las tendencias, estilos, aciertos o errores de los diversos programadores que han construido la historia del Festival de Mérida, pero lo que realmente cuenta para el espectador es ese regustillo con el que uno se deleita una vez terminada la función.
Y esto nos lleva a una discusión todavía mucho más inútil e imposible: el gusto y el regusto de "cacual", que ya se sabe, sobre gustos…
Por eso hemos de retroceder a los orígenes, hemos de iniciar el análisis por la discusión del qué. Preguntarnos por el tipo de Festival que deseamos hacer, después de haber adquirido ya el bagaje suficiente, las experiencias necesarias, y reflexionar para tomar una decisión que nos haga caminar, de una vez por todas, por el rigor y la seriedad de una propuesta que al menos tenga un objetivo claro.
Este objetivo será para unos llenar el Teatro en cada función, para otros: apostar por el clasicismo inamovible, adentrarse en la experimentación, mezclar todas las artes escénicas, etc.
Lo que para mí queda claro es que hemos de construir un Festival con personalidad propia, que nos diferencie de manera precisa del resto de festivales del mundo y que se convierta en un referente europeo de la cultura y que sea centro de interés de todas las personas que entiendan el teatro como un fenómeno cultural para el desarrollo de la sensibilidad y la emoción de los pueblos, frente al discurso sustanciado en el consumo cultural puro y duro.
Por ello creo necesario elaborar un proyecto sólido en el que se posibilite:
1. La libertad de programación expresada en que la única preocupación de su director sea la de seleccionar lo mejor sin tener que preocuparse por los resultados económicos. Una libertad que le obligue, en contrapartida, a mantenerse en un viaje permanente por el mundo buscando, provocando o inventando una realidad teatral para descubrirla a la sensibilidad universal desde Mérida, desde Extremadura.
2. Abandonar la permanente obsesión por cubrir gastos y aceptar, como en muchos otros casos de la administración regional, que las pérdidas son sustanciales al proyecto, que el valor del objetivo perseguido es muy superior al gasto ocasionado y que, en cualquier caso, es una inversión al largo plazo de la cultura y a la promoción de Extremadura a través de ella.
3. Programar con la perspectiva temporal suficiente —dos, cuatro años— para poder afrontar proyectos y producciones que son inviables en el plazo corto, plazo que posibilita a la vez el margen necesario para las negociaciones económicas con las productoras, que hechas con improvisación y premura elevan los presupuestos a cantidades desorbitadas en muchos casos.
4. Enriquecer y desarrollar una estructura, organizativa y ejecutiva, estable que sea la encargada de mantener en marcha —al margen de las fluctuacinoes lógicas en la dirección de programación— la maquinaria necesaria para el funcionamiento del Festival y que la única preocupación del director de programación sea esa, la de programar.
5. Dotar al Festival de un cuerpo físico, de un edificio propio, exclusivo, funcional y moderno (actualmente tenemos una gran oportunidad para ubicarlo en la zona del llamado Museo Abierto o en la del Hernán Cortés muy próxima al Teatro Romano) y dotarlo además de un Centro de Interpretación y Documentación, desde el que mostrar durante todo el año a los visitantes cómo es y cómo funciona el Festival de Teatro que se desarrolla en un enclave Patrimonio de la Humanidad.
En definitiva se trata de apostar fuerte por un Festival capaz de arrancarse su propia máscara y de recuperar para la escena lo que otras instancias, lo que otros intereses 'okupan' con frecuencia.