22 oct. 2007

# 014


El alcalde, Ángel Calle, no pudo resistirse ante la insultante presencia de una inocente bolsa de gusanitos que interrumpía la mirada en medio de una sala de exposiciones impoluta, y ante a una comitiva que desvió la atención hacia otros asuntos.
No había prensa alguna en esos momentos, así que el acto le salió de sus adentros y, a pesar de ir acompañado de relevantes cargos políticos estatales y autonómicos, no le tembló el pulso en agacharse y recorrer la distancia que separa la mirada del suelo.
Este "joven profesor" que tenemos por alcalde es un "viejo zorro" –en el mejor de los sentidos— de la política, y su larga espera hasta conseguir la Alcaldía supongo que le habrá servido para desarrollar un estilo de gobernar que encaje con su personalidad, que trascienda el constante mimetismo con el que afrontan los administradores la forma de hacer las cosas, reflejarse en lo ya hecho, reproducir una política en serie, distanciando cada vez más los rasgos distintivos de los pueblos para convertir lo diferencial en global, en anodino.
Su decisiva apuesta por la mujer en las tareas de gobierno no parece consecuencia de asuntos de paridad y puede que sea una señal de esa esperanza de singularidad. Por número y por peso específico de las tareas encomendadas, la superioridad femenina es muy significativa.
Y esto me gusta: un alcalde, un hombre, que apuesta tan claramente por el buen hacer femenino, tiene que ser alguien inteligente y con una visión personal de la realidad.
Casi en silencio, el tesón, la fuerza y la sensibilidad de las mujeres han mantenido en pie a los pueblos, especialmente en los tiempos de crisis. Situadas al frente o en la retaguardia, ellas, las reinas de este hormiguero, han marcado siempre el compás con el que los engreídos zánganos desfilan ante su mirada.
Y este alcalde —licenciado en Historia— lo sabe, sabe que la historia es y será eternamente femenina.