15 oct. 2007

# 013


El alba, contemplada desde una habitación de hospital, desde cualquier hospital del mundo, sabe a vida nueva, a esperanza, después de una interminable noche de vigilia e incomodidades junto al familiar enfermo.
El alba nos devuelve al mundo y este se nos antoja espléndido, generoso, hasta hermoso.
Pero al alba le siguen las horas y las luces duras del mediodía, las horas de las chicharras, la lentitud de la tarde que poco a poco anuncia la llegada del crepúsculo. Y de nuevo la noche que vuelve para llenar de negro la espera, la reflexión, el sarcasmo de las habas que se cuecen en todas las familias, a fuego lento, con la parsimonia del rencor acumulado, amenazante, intransigente e interesado.
Y en el útero negro de la espera del nuevo alba te preguntas mil veces por el sentido de las cosas, por la verdad de lo que parece fraterno y sólo es ficción interminable, cínica personalización esperpéntica de un cariño sin estreno.
Desde los medios de este ruedo, negro e inmenso, citas al toro de los sentimientos para que ahonde con sus pitones en las heridas que dejaste al descubierto.
El alba vuelve a limpiar el sudor espeso, las lágrimas cristalizadas que la noche dejó caer sobre los silencios en los que se envuelve la compañía del familiar enfermo, de la viejita, que desea un rincón de cariño y tranquilidad, alguien que le sujete el amor de su mano abierta y le haga agradable la última espera. Pero la ingratitud se apodera de las respuestas, el egoísmo apaga todas las luces del alba y convierten dicha espera en un infierno lento.
Así las cosas, uno tiene que cerrar los ojos, abrir el corazón, agarrarse fuerte las entrañas y apostar por el amor para poder dormir la espera sin pesadillas de egoismos ciegos e inútiles, sin el remordimiento de los besos que nunca distes a tiempo.