8 oct. 2007

# 012


El desahucio de las palomas', “buena película”, que diría mi amigo Simón.
Repasando la secuencia de fotografías que documenta la demolición de la antigua factoría de Carcesa, observo gran cantidad de puntos oscuros que supongo manchas de polvo en el sensor de la cámara –todavía la tecnología sólo es pulcra en las entrañas de los sofisticados laboratorios–
Aumento la imagen para retocar dichas manchas y descubro que son cientos o miles, pero no se tratan de puntos sino de palomas que huyen asustadas por la explosión y la polvareda.
Nadie les avisó de lo que se les venía encima, de lo que se les desplomaba bajo el vuelo. Ningún juez entregó orden alguna. Nadie pensó en un hogar alternativo, paga o subvención que les aliviara del problema de quedarse en la calle, en pleno firmamento, sobrevolando los futuros lujosos adosados.
Y es que a las palomas de los sueños les cortan las alas desde bien jóvenes para que sólo los recuerdos adquieran sentido cuando se observen desde lo alto o en la lejanía, desde la distancia del tiempo imposible.
De entre tantas palomas, sólo una destaca en este ‘11-S’ doméstico y salvaje de destruir todo rastro de lo que fue, en favor de las nuevas formas de seguir haciendo lo mismo, de continuar con la costumbre inamovible de que sólo los pudientes o los míseros tengan la capacidad de conservar en pie las referencias que les advierten de su condición, de sus emociones almacenadas, unos para el disfrute y los demás para la desesperación.
En medio, la zona cero de la clase media que enriquece a los unos y mantiene la imposibilidad de los otros con su labor de hormigas silenciosas, de amodorradas cigarras sin canción aparente.
Por eso, las palomas están perdidas ante la descomunal polvareda de desconciertos que a diario se levanta en cualquier rincón desafortunado de la existencia. Por eso, esta solitaria paloma cruzará océanos y mares para depositar el mensaje que dejó olvidado alguien entre los escombros de la vieja factoría. Por eso, sólo por eso.