14 may. 2007

# 003


Soy de una generación de transiciones, tuve tiempo de vivir algunas peculiaridades de la vida ligada al campo y puedo interpretar las emociones que los personajes de la fotografía estaban sintiendo en esos momentos.
Puedo además —por mi condición de fotógrafo— interpretar la emoción que el autor sintió al captar la instantánea y, mientras esto escribo, mientras doy forma electrónica al texto, estoy entrando de lleno en la emoción del ciudadano digital de principios del siglo XXI. También puedo, por tanto, entender la emoción del espectador situado al otro lado de la pantalla.
Todas estas referencias me permiten hablar del tiempo como una emoción más que como una medida. La emoción no tiene dimensión y es muy difícil de trasmitir; o se comparte o se pierde en el sueño del porvenir.
Rebuscando en el archivo de mis emociones recuerdo aquella profundidad de la Extremadura desperdigada por el campo, del gazpacho y del huevo frito cenado en cualquier patio de algún cortijo o en la puerta de cualquier chozo, a la intemperie, bajo un cielo inmenso, saturado de estrellas y de cuentos ingenuos sobre la Vía Láctea que los abuelos relataban mientras el cuello nos dolía de tanto ahondar en la espesura negra de la noche.
Aquellos momentos tenían el encanto que sólo la imaginación de los ocho o diez años podían imprimir.
Hoy, mis hijas sueñan mientras se beben el mundo en imágenes suminstradas por satélites que danzan en el silencio de la noche espacial.
Los términios se han invertido: hoy son las parabólicas las que vigilan el cielo de día y de noche para atrapar y contar los sueños que los abuelos ya no saben o no se atreven a contar.
Por eso la Extremadura de la foto, la Extremadura de principios del siglo XX, tiene un encanto similar a la de ahora, la de principios del siglo XXI; cien años después, seguimos viviendo la emoción de los cuentos, de las historias que las personas o los pueblos son capaces de generar.
Hemos adecentado nuestra comodidad para buscarle sitio al televisor y hemos dejado escapar los sueños ahora que el tomate no es sólo alimento, ahora que lo que se lleva es vivir del cuento.
Nuestra ternura no tiene remedio.