17 sept. 2007

# 010


A veces los hechos insignificantes se hacen grandes en el silencio, en la observación callada, en el día a día.
Si usted no ha pasado por esta puerta desconocerá a qué edificio pertenece. Una puerta es muy poco importante como para reparar en su existencia, salvo que ésta le impida el paso.
Durante años, pasar a la zona de alcaldía en el Ayuntamiento de Mérida, cruzar esta puerta, era imposible sin el previo control y consentimiento del policía que la custodiaba.
Desde la llegada al gobierno de la nueva corporación, está abierta continuamente y el acceso a la alcaldía es totalmente libre.
Son las diferencias de entender lo público y la administración de las libertades, de las diferentes personas que gobiernan una ciudad.
Hay que ser muy zoquete para creerse que el espacio —físico e intelectual— desde el que uno trabaja para los ciudadanos, le pertenece. Ser el administrador del cortijo no te convierte en propietario, estás al servicio del que realmente lo es.
Pero estos son los matices que marcan la convivencia y la idiosincrasia de los pueblos, de la gente que entiende que es mucho más importante el respeto de las libertades, que otras cuestiones que anteponen los intereses privados a los generales.
Al dueño del cortijo se la puedes pegar una, dos y más veces, pero al final descubrirá que el administrador en el que ha confiado le está engañando.
Por eso, esta puerta abierta es un símbolo para todos los que creemos en los valores de la convivencia y el respeto.
Pero además es todo un ejemplo para tanta dependencia oficial desperdigada por el país, por el mundo, a la que no es posible acceder sin el previo proceso de control e identificación, argumentan —al estilo George Walker Bush— cuestiones de seguridad. Miedo 'palcuerpo'