10 sept. 2007

# 016


Perder un ser querido siempre es una desgracia, una tristeza. La pena se instala en nuestro corazón, en nuestros adentros y se queda prendida durante largo tiempo.
Si quien nos deja ha mantenido un pulso con el arte, ha bregado con los entresijos de la creación, nos abandona algo más que el amigo o el hermano, se nos mueren además las emociones de ese territorio compartido desde el que la realidad parece insignificante, porque es el territorio de las emociones universales, de los sentimientos comunes, está más allá de la monótona realidad de lo cotidiano, más lejos y más alto que la vileza diaria de las relaciones, se nos mueren parte de nuestros sueños.
Domingo Vargas sabía mucho de lo que hablo, sabía que la emoción del arte alivia el dolor de la crueldad de unos contra los otros, las fatiguitas del hambre y del desamor. Domingo mamó música, se alimentó de compás, para hacerse grande. Sabía que el arte dignifica y otorga ese título que no se encuentra en ninguna universidad.
También lo sabía Rafael Ortega y ambos supieron hacer del arte, además, su alimento físico, mezclar los sueños con la realidad, un arte en sí mismo.
La vida siempre sabe a poco para todos, pero especialmente para aquellos que luchan día a día por disfrutar y volcar hacia los demás la pasión del arte, la vida se convierte en un sin vivir por encontrar las claves y transmitir la satisfacción de lo encontrado, del sentimiento puro de la creación.
Y en esa carrera, unos antes, otros después, pero todos sin excepción, encontramos de repente la nada, un vacío por el que el artista lucha infatigablemente por dejar lleno.
¡Va por ustedes!